martes, 16 de junio de 2009

PLAYSTATION


Como todos los libros de Cristina Peri Rossi, no deja indiferente al final de su lectura, aunque tal vez se puede afirmar con seguridad que no es precisamente su mejor libro de poesía por mucho que le hayan concedido el premio Loewe de este año. En esta entrega sí existe una unidad temática de fondo y de forma, y evidentemente no puede medirse en términos de lírica desbordante, metáforas preciosistas, ritmo y compás. Cualquier lector de su poesía es consciente de que no son los puntos fuertes de la autora uruguaya afincada en España desde hace ya casi tres décadas. Pero entonces, si no son ésos sus puntos fuertes, ¿qué se le puede exigir para que haya alcanzado el reconocimiento internacional? A mi entender Peri Rossi es mejor como novelista que como poeta. Ahí quedan para los amantes del desgarro, el vacío, el desamor y el sinsentido dos novelas muy notables: "Solitario de amor", y "El barco de los locos". Como poeta, en este "Playstation" aborda de nuevo estas constantes, con ironía, cierto cinismo que no huele a pose, y con ese aire ya no tan provocador a estas alturas del siglo en los que a nadie extraña que haga bandera de su lesbianismo. Sus aciertos estriban precisamente en esa unidad de forma y fondo de la que hablaba al comienzo. El tono de los poemas no exige una atención excesiva, ni una lectura reiterada y repetitiva para captar todos los entresijos y revueltas de un mensaje profundo. No. Fondo y forma responden al mismo mensaje: el vacío, la nada cotidiana, y el deseo de escribir como único modo de encontrarnos a nosotros mismos y no perdernos en este laberinto del caos y el estrépito de la posmodernidad. Y en ese sentido, es de agradecer que se aleje la autora de tanta preciosidad y falsa solemnidad que aquejan a poetas de tres al cuarto que pasean sus ínfulas por las plazas de Iberia con aires de existencialistas profundos que han descubierto solos el sentido vacuo de la vida, y tienen el honor de concedernos sus hondas reflexiones. No es que sólo por eso haya de concedérsele una oreja a Peri Rossi, dicho sea en términos taurinos que no desentonan del lenguaje poético. Pero a un premio de ese calibre y a una autora de su peso cabría exigirle algo más, si es que tiene algo más que decir que no haya dicho ya. Más mensaje, más fuerza expresiva-que ya ha demostrado tener-, más indagaciones sobre la naturaleza humana en clave poética, con metáforas o sin ellas. Con todo, se le ha concedido un goloso premio literario. Así está el patio poético en este país, igual que esa inmensa mayoría de toros que ruedan sin bravura ni trapìo por las plazas, por no salir del símil taurino.

jueves, 21 de mayo de 2009

COMA IDILICO


Coma Idílico
Katy Parra

Cuando uno tiene entre sus manos el libro ganador de un gran premio de poesía, considerado el mejor de entre más de 400 participantes, según un jurado de constatada buena reputación, espera encontrar ese don. Un libro que sorprenda, que entretenga o que te lleve por la senda de los sentimientos hasta hacerte llorar, reír, o al menos, disfrutar con su lectura.
Coma Idílico no cumple ninguna de las funciones que se mencionan más arriba. No es de los mejores libros del año, no sorprende...
¿Estamos diciendo que es un mal libro? No, lo decimos con mayúsculas. No es un mal libro. Pero ha decepcionado, esperábamos más de lo que hemos encontrado.
¿Y de quién es la culpa de todo ello? evidentemente no de la autora, entendemos que ha tratado de hacerlo de la mejor manera posible, poniendo todo su saber y entender en realizar su poemario.
La culpa, porque creemos que hay culpables, tiene que ser del propio jurado, incapaz de elegir algo distinto, sugerente, o de nosotros mismos, los lectores-escritores, que ante la proliferación de poemarios, lo único que se nos ocurre es escribir el nuestro y defenderlo como lo mejor de lo mejor. Probablemente un poco de autocrítica daría más valor a los de los demás, a los otros, en este caso a Coma Idílico.
En su haber, un poemario que se lee con facilidad por la sencillez de su vocabulario y por no tratar en clave dramática los momentos vividos y trasmitidos en los versos, su pulcritud en la medida, en definitiva, su corrección.
Esta sería la seña de su escritura, es un libro correcto, pero que por causas ajenas a su autora, el coma nos devuelve un encefalograma plano.

martes, 14 de abril de 2009


LA CASA ROJA

(Juan Carlos Mestre)

La primera lectura de La Casa Roja resulta sorprendente.

Le asaltan al lector tal cantidad de imágenes surrealistas, a menudo muy complejas, frecuentemente incomprensibles, dirigidas más al subconsciente que a la razón del lector… Que apabulla y desorienta si no eres un lector habitual de poesía, e incluso así. Pero desde luego, este alud de nieve surrealista logra crear una clara sensación de estar un poco en otro mundo, en el mundo extraño y maravilloso de Juan Carlos Mestre, donde disfrutarás de la poesía si aceptas las reglas del juego que te propone.

Juan Carlos Mestre cambia continuamente de estilo; pasando de poemas preñados de extrañas -pero muy efectivas por cuanto a crear un clima poético se refiere- metáforas e imágenes donde debes prescindir de la lógica y dejarte guiar por las sensaciones, a poemas de discurso más diáfano y lógico donde no supone ningún esfuerzo seguir el discurso.

Cambia también de formas; de poemas en verso largo, a poemas en verso corto y a prosa.

Cambia también de tono; de lo triste e incluso trágico de algunos poemas, a lo irónico, o directamente sarcástico, parodiando en ocasiones algunos espejismos comunistas con fino humor, dándoles el aspecto de míitines poéticos.

Es digno de resaltar y muy de agradecer, el hecho de que el humor está muy presente en muchos poemas, ya sea en forma directa, con juegos de palabras, ocurrencias, chistes (poéticos) incluso; o de forma más sutil, a través del título, del doble sentido, de la extrañeza con que afronta en ocasiones un tema o la ingenuidad.

En resumen, LA CASA ROJA de Juan Carlos Mestre, nos/me ha resultado un libro no sólo ameno y/o agradable, sino además, y no es frecuente ni mucho menos usar este adjetivo cuando se trata de un libro de poesía, ha resultado ser francamente DIVERTIDO y estimulante. Por la desmesurada y valiente imaginación con que construye su lenguaje y por el humor con que lo viste.

martes, 3 de marzo de 2009

LA ROCA


El pasado viernes 27 de febrero, se reunieron en el Café Iruña, altillo zona fumadores, el grupo de investigaciones poéticas Iceberg. El libro elegido para el mes de las nieblas fue “La Roca” de Wallace Stevens a propuesta de Mikel Iriguíbel y, a buen decir que estuvo acertado. Paisajes nevados que confundíanse con brumas, el frío helador de la materia inerte, la lluvia y la introspección de chimenea que sólo se ve en los periodos invernales se encontraban presentes, difuminados y esparcidos por las páginas del libro.

La primera aproximación al poemario no fue placentera para nadie. Algunos de nosotros pensamos deshacernos del poemario amontonándolo junto a los muebles viejos reservados a la noche de San Juan. La edición de Lumen no cuenta con prólogo ni con ningún tipo de anotación que contextualice los poemas, cuestión esta que se echa de menos. Tampoco la traducción pareció muy acertada pues está realizada de acuerdo a recursos metodológicos que priman la literalidad frente a otros. No atendiendo a resonancias rítmicas originarias ni arriesgando lo más mínimo a la hora de traducir el sentido poético de lo que se quiso decir. Pero claro, esto resultaría harto complicado, pues exigiría un trabajo hermenéutico muy laborioso que ni el traductor ni el editor supieron o quisieron hacer.

Una vez salvados los escollos de una complicada primera lectura comenzaron a aflorar los geniales detalles que nos mostraban a las claras que nos encontrábamos ante un escritor de oficio que no escribió este poemario sin más, como quién se tira a la piscina sin haber mirado antes si estaba llena. Ya desde los primeros poemas nos llamaron la atención las controvertidas imágenes poéticas que cumplían meticulosamente con las expectativas de todo buen lector de poesía. Metáforas que quedan tintineando en la retaguardia del cerebro como queriéndonos decir algo que en principio no reparamos, sugiriéndonos diversas perspectivas de comprensión que se suman y crecen en las sucesivas lecturas. Imágenes de buena semilla.

Más adelante comenzamos a ver, a raíz de las conversaciones, las claves interpretativas del conjunto del poemario: la trascendencia que el autor otorga a la imaginación en un claro posicionamiento con Schiler y los teóricos del romanticismo. La convicción de que, tal vez, no podamos escapar de nuestra condición de seres perecederos cuya huella borra el impasible filo del tiempo más pronto que tarde. Si acaso, sólo en el cultivo de nuestro uso de la imaginación y la fantasía podemos gozar de algún momento trascendente de ciertas resonancias místicas. Finalmente la indagación dialéctica dio con una de las mejores claves para entender el libro: el límite entre lo inerte y lo vivo, una honda investigación en clave poético simbólico de la hechura de dicho límite, sobre su fragilidad, sobre como afecta al hecho humano. En este momento, casi al final de la tertulia nos dimos cuenta que ya desde el título del primer poema se apunta en esta dirección presentando “Un anciano dormido”.

La admiración in crescendo que fuimos experimentando conforme avanzaban los análisis sobre la obra culminó al percatarnos que dentro del poemario se encontraban algunos apuntes sobre lo que vendrían a ser, mucho más adelante, formas poéticas posmodernas en tema y contenido, como el poema “Vacío en el parque” que parece un refinado poema existencialista o “Levenswisheitspielerei” en el que confiere admiración estética y certeza ontológica a los componentes más reducidos y malogrados del hacer humano, a la manera en que más adelante hiciera Boudelaire con tanta fama y reconocimiento. En definitiva una buena tertulia sobre una lectura imprescindible que recomendamos encarecidamente, a pesar de su nefasta traducción.