martes, 3 de marzo de 2009

LA ROCA


El pasado viernes 27 de febrero, se reunieron en el Café Iruña, altillo zona fumadores, el grupo de investigaciones poéticas Iceberg. El libro elegido para el mes de las nieblas fue “La Roca” de Wallace Stevens a propuesta de Mikel Iriguíbel y, a buen decir que estuvo acertado. Paisajes nevados que confundíanse con brumas, el frío helador de la materia inerte, la lluvia y la introspección de chimenea que sólo se ve en los periodos invernales se encontraban presentes, difuminados y esparcidos por las páginas del libro.

La primera aproximación al poemario no fue placentera para nadie. Algunos de nosotros pensamos deshacernos del poemario amontonándolo junto a los muebles viejos reservados a la noche de San Juan. La edición de Lumen no cuenta con prólogo ni con ningún tipo de anotación que contextualice los poemas, cuestión esta que se echa de menos. Tampoco la traducción pareció muy acertada pues está realizada de acuerdo a recursos metodológicos que priman la literalidad frente a otros. No atendiendo a resonancias rítmicas originarias ni arriesgando lo más mínimo a la hora de traducir el sentido poético de lo que se quiso decir. Pero claro, esto resultaría harto complicado, pues exigiría un trabajo hermenéutico muy laborioso que ni el traductor ni el editor supieron o quisieron hacer.

Una vez salvados los escollos de una complicada primera lectura comenzaron a aflorar los geniales detalles que nos mostraban a las claras que nos encontrábamos ante un escritor de oficio que no escribió este poemario sin más, como quién se tira a la piscina sin haber mirado antes si estaba llena. Ya desde los primeros poemas nos llamaron la atención las controvertidas imágenes poéticas que cumplían meticulosamente con las expectativas de todo buen lector de poesía. Metáforas que quedan tintineando en la retaguardia del cerebro como queriéndonos decir algo que en principio no reparamos, sugiriéndonos diversas perspectivas de comprensión que se suman y crecen en las sucesivas lecturas. Imágenes de buena semilla.

Más adelante comenzamos a ver, a raíz de las conversaciones, las claves interpretativas del conjunto del poemario: la trascendencia que el autor otorga a la imaginación en un claro posicionamiento con Schiler y los teóricos del romanticismo. La convicción de que, tal vez, no podamos escapar de nuestra condición de seres perecederos cuya huella borra el impasible filo del tiempo más pronto que tarde. Si acaso, sólo en el cultivo de nuestro uso de la imaginación y la fantasía podemos gozar de algún momento trascendente de ciertas resonancias místicas. Finalmente la indagación dialéctica dio con una de las mejores claves para entender el libro: el límite entre lo inerte y lo vivo, una honda investigación en clave poético simbólico de la hechura de dicho límite, sobre su fragilidad, sobre como afecta al hecho humano. En este momento, casi al final de la tertulia nos dimos cuenta que ya desde el título del primer poema se apunta en esta dirección presentando “Un anciano dormido”.

La admiración in crescendo que fuimos experimentando conforme avanzaban los análisis sobre la obra culminó al percatarnos que dentro del poemario se encontraban algunos apuntes sobre lo que vendrían a ser, mucho más adelante, formas poéticas posmodernas en tema y contenido, como el poema “Vacío en el parque” que parece un refinado poema existencialista o “Levenswisheitspielerei” en el que confiere admiración estética y certeza ontológica a los componentes más reducidos y malogrados del hacer humano, a la manera en que más adelante hiciera Boudelaire con tanta fama y reconocimiento. En definitiva una buena tertulia sobre una lectura imprescindible que recomendamos encarecidamente, a pesar de su nefasta traducción.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Decía Voltaire "La poesía no se puede traducir...Acaso se puede traducir la música?" Me gustaria saber más sobre Iceberg.
Un saludo desde la Bretaña francesa.